La felicidad es corta, imprevisible, escurridiza, torpe, caprichosa, intermitente, leve, perezosa, perversa, espontánea, irónica, natural, ilógica, caduca, infantil... humana.
La felicidad es muy suya, y muy de nadie, tiene sus cosas, como todos, pero ella MÁS. Su corazón palpita, como el de un puñado de gente que conozco, y es víctima de sus propios miedos, manías e inquietudes, como el resto de los mortales. Por las noches, también se levanta y pasea por su cuarto intentado dar esquinazo al insomnio, luego mira por la ventana y deja flotar sus pensamientos en el oscuro horizonte. La felicidad también sufre. Ella tampoco es feliz.
A veces se siente sobrepasada por la responsabilidad que recae sobre sus hombros. Su jornada laboral, ni empieza ni acaba, porque nunca termina. Lee los primeros informes mientras moja las galletas del desayuno, repasa constantemente la agenda (su segunda piel), aprieta en un organigrama semanal miles, millones de nombres de personas que no conoce, que no saben ni pueden siquiera intuír su sufrimiento y su sobrecarga. Se reúne al menos una vez al día con todos los departamentos: Felicidad fugaz, Felicidad moderada y mantenida en el tiempo, felicidad asociada a bienes y productos, Felicidad intensa intermitente, Felicidad compartida, etc. Hace complejos cálculos estadísticos, descuelga y vuelve a colgar el teléfono ochocientas veces al día, consulta el calendario, lo vuelve a mirar, anota en rojo esto aquí y pone un post-it amarillo por allá. Su método no es ni mucho menos el más moderno y eficiente, pero no tiene tiempo para informarse de las nuevas tecnologías, para formar a su plantilla ni para contratar a gente más cualificada.
Bebe café más que agua, fuma lo suficiente para alimentar a la familia de un estanquero, no tiene amigos ni tiempo para pensar en si le gustaría o no tenerlos. Una vez tuvo un idilio, con uno llamado amor, pero las cosas se complicaron y felicidad se dió cuenta de que tenía total dependencia por amor y decidió poner fin a su historia. Ahora se ven de vez en cuando y mantienen buenas relaciones, pero lo mejor de todo es que es posible tomarse unas cañas con felicidad sin necesidad de que esté presente amor.
La felicidad pensaría en ir a terapia si tuviera tiempo. Sabe que vive por y para su trabajo, y algunos compañeros ya le han puesto la etiqueta de Ejecutivo Agresivo y Patrón de conducta tipo A. Le preocupa que puedan tener razón, pero más le preocupan sus clientes, debido a esa maldita costumbre, no sabemos si heredada o aprendida, de querer complacer siempre a todo el mundo. Tiene más ambiciones que recursos, y se frustra a cada paso por no conseguir sus metas, por pretender lograr mucho más que cualquier otro estado psicológico transitorio. Si supiera lo común que es ese problema, si supiera que una felicidad feliz es más fuerte y se multiplica...
La felicidad no sabe porque todavía está aprendiendo, pero a su vez, está creando escuela. Se empiezan a encontrar casos de rebeldía espontánea contra su sistema. Nadie sabe lo que la felicidad sufre, la gente piensa que es una dictadora caprichosa, no saben que se desvela y llora por nosotros, por eso surgieron las revueltas, por la incompresión y por la inevitable necesidad de sacar las castañas del fuego aunque sea con las propias manos. Es así como miles de personas en todo el mundo se están haciendo autónomos y buscan la felicidad autogenerada. Ha habido multitud de casos fallidos, torpes intentos de felicidad in vitro que se quedaron en lagunas opiáceas o en estrepitosos daños y perjuicios a terceros. Los caminos de la felicidad son inescrutables, no obstante, hemos encontrado casos bastante esperanzadores en algunos sectores de la población. Se trata de gente que ha conseguido extraer la esencia distintiva de la felicidad original, e incluírla en su particular receta. Estoy hablando de gente que en definitiva, está siendo feliz por sí misma, o lo intenta con tanta fuerza que sirve como inspiración para los que les rodean.
La vida es menos puta (y más feliz) si estás a mi lado.
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